Entre 1958 y 1962 cuarenta y cinco millones de chinos perecieron a causa de los trabajos forzados, la violencia y la hambruna a los que fueron sometidos por el gobierno de Mao Zedong. Obsesionado con la empresa frenética del Gran Salto Adelante, su iniciativa, destinada a superar el modelo económico occidental en menos de quince años, provocó una de las mayores catástrofes humanas de la historia. Gracias a una exhaustiva labor de investigación de los archivos provinciales y municipales chinos recientemente abiertos, Dikötter da voz a las víctimas del régimen y demuestra por primera vez que el implacable destino de las personas de a pie no fue un accidente, sino el resultado directo, y en buena medida calculado, de las decisiones en las altas esferas del poder. La gran hambruna en la China de Mao abre así una nueva brecha en el muro que aún separa a la actual China, heredera del maoísmo instaurado en 1949, del resto del mundo.
Este libro, que reúne una rica historia y un análisis de la prestación comunitaria, privada y voluntaria, a gran escala, de servicios sociales, infraestructuras urbanas y gobernanza comunitaria, ofrece sugerencias sobre cómo restaurar la vitalidad de la vida urbana. Históricamente, la ciudad se consideraba un centro de comercio, conocimiento y cultura, un refugio de seguridad y un lugar de oportunidades. Hoy, sin embargo, las ciudades se consideran centros de delincuencia, falta de vivienda, guerras de la droga, fracaso empresarial, empobrecimiento, atasco del transporte público, analfabetismo, contaminación, desempleo y otros males sociales. En muchas ciudades, el gobierno domina cada vez más la vida, consumiendo ingentes recursos para atender a grupos con intereses especiales. Este libro revela cómo el proceso de provisión de bienes públicos locales a través del dinamismo de una iniciativa empresarial basada en el mercado y libremente competitiva no tiene rival a la hora de renovar las comunidades y reforzar los lazos de la sociedad civil.
La República de Weimar fue escenario, durante la década de 1920, de la mayor inflación que registra la historia europea contemporánea. A lo largo de cuatro años, los precios subieron de forma tan vertiginosa que hicieron necesaria la enfebrecida fabricación de papel-moneda y la multiplicación casi inverosímil de los medios de pago. En 1923, cuando el tipo de cambio con el dólar alcanzaba los 4.200.000.000.000 marcos, la República de Weimar prácticamente se vio reducida a una economía de intercambio: joyas por productos básicos como el pan, una entrada para el cine por algo de carbón, una botella de parafina por una falda de seda. Combinando el análisis con numerosos testimonios de la época, Adam Fergusson narra el fracaso de una generación europea -incapaz de comprender el alcance de sus actos y las consecuencias de la destrucción de las clases medias- y el irresistible ascenso al poder de los regímenes autoritarios. Un libro lleno de relevancia para nuestra época.
Cada año que pasa aumenta la cantidad y variedad de recursos minerales que se extraen. Todas las tecnologías requieren grandes cantidades de materias primas, algunas de ellas muy escasas. En un planeta con recursos limitados, ¿habrá suficiente para satisfacer la demanda de la población mundial? Estudiar las consecuencias del consumo desmesurado de recursos desde la geología, la minería y la termodinámica, es clave para tratar de evitar que Gaia se acabe convirtiendo en Thanatia, un planeta esquilmado en recursos.
Al defender el mercado no he tomado el camino relativamente fácil de criticar a los socialistas «de izquierdas» que anhelan la llegada de una utopía colectivista. En lugar de ello he elegido como principal contraste a aquellos católicos «de derechas» que ven con suspicacia la sociedad de mercado. No se trata de socialistas ni de colectivistas, sino de personas fieles a la Iglesia que rechazan la empresa libre y están a favor de una amplia intervención en el mercado. Suelen estar a favor de dicha intervención porque creen que las enseñanzas de la Iglesia la requieren. Como católico ortodoxo, siento una gran simpatía por esas personas, y he formulado mi argumento teniendo en cuenta sus preocupaciones. Mientras elaboro lo que considero un argumento abrumador a favor de la economía de mercado, no cuestionaré tanto la posición doctrinal de esos católicos como su aplicación práctica en la economía, que es a menudo notablemente deficiente. Al adoptar ese punto de vista espero desarrollar un sólido argumento a favor de la economía de mercado, aclarar malentendidos habituales y conseguir en último extremo que tanto los seglares como los religiosos estén mejor informados respecto a los asuntos económicos.
Probablemente esto es lo que responderían de manera tajante Francisco de Vitoria, Francisco Suárez, Luis de Molina, Juan de Mariana y otros escolásticos hispanos de la conocida como Escuela de Salamanca, ante la etiqueta que insistentemente desde algunos sectores del liberalismo se empeñan en colocarles. La consigna ha sido tantas veces repetida y durante tanto tiempo en lo que ha sido una intensa campaña de propaganda, que parece ya haber tomado carta de naturaleza en el acervo cultural común. Sin embargo, como en todos los mitos, es tan grande como quimérico y débil. En esta obra se desmonta la sustentación austríaca de ver en Salamanca su origen, de la manos de su principal promotor actual: Jesús Huerta de Soto. Se adapta al ruidoso gigante detrás del cual se esconde realmente un edificio de aire y paja lleno de errores, tergiversaciones y falsedades.