«La evolución de las civilizaciones» es un análisis exhaustivo y perspicaz de los factores que explican el auge y la caída de las civilizaciones. Quigley define una civilización como «una sociedad productora con un instrumento de expansión». El declive de una civilización no es inevitable, sino que se produce cuando su instrumento de expansión se transforma en una institución, es decir, cuando los acuerdos sociales que satisfacen necesidades sociales reales se transforman en instituciones sociales que sirven a sus propios fines al margen de las necesidades sociales reales.
Con un fino análisis, James Scott ubica en el surgimiento de los Estados premodernos la importancia que ha tenido la creación de mecanismos de legibilidad cuya tarea ha sido simplificar y hacer visible parte de la complejidad de los elementos que dan forma al Estado. Los censos, los mapas, las listas catastrales y la convención de unidades de medida estandarizada son ejemplos de estos mapas de legibilidad que le han permitido al Estado actuar de un modo más eficaz. Advirtiendo los riesgos y las virtudes de estos mecanismos, el autor ve cómo esta legibilidad no sólo ha tenido efectos positivos en la fiscalización u atención a la población más vulnerable, pues, por otro lado, los grandes fracasos de ingeniería social que se han suscitado se han potenciado precisamente por el empobrecimiento de la comprensión de la realidad.
Publicado en 1946 por Harper & Brothers, este manual surgió en la posguerra ante el auge de intervenciones estatales en la economía. Su autor, periodista y economista autodidacta, recupera el legado de Bastiat para desenmascarar falacias económicas: sostiene que el verdadero análisis requiere valorar no solo los efectos inmediatos de las políticas, sino también sus consecuencias a largo plazo y para todos los grupos sociales. Organizado en dos partes –una que expone la lección básica y otra con veinticuatro estudios de caso ilustrando cada error de juicio– aborda temas como controles de precios, subsidios, inflación y regulación. Con más de un millón de ejemplares vendidos, se consolidó como introducción esencial al liberalismo económico.
Michael Young ha bautizado la oligarquía del futuro como «Meritocracia». De hecho, la palabra ya forma parte de la lengua inglesa. Parece que la fórmula CI+Esfuerzo=Mérito bien podría constituir la creencia básica de la clase dirigente del siglo XXI. Proyectándose en el año 2034, el autor de esta sátira sociológica muestra cómo las decisiones y prácticas actuales pueden remodelar nuestra sociedad.Es de conocimiento general que no basta con ser sobrino de alguien para obtener un puesto de responsabilidad en la empresa, el gobierno, la enseñanza o la ciencia. Los expertos en educación y selección aplican principios científicos para cribar a los líderes del mañana. Se necesita inteligencia, cualificación, experiencia, aplicación y cierto calibre para alcanzar un estatus. En una palabra, hay que demostrar méritos para avanzar en la nueva sociedad del mañana.En un nuevo ensayo inaugural, Young reflexiona sobre la recepción de su obra, y su producción, de forma sincera y viva. Muchas de las ambigüedades críticas que rodearon su publicación original quedan ahora aclaradas y resueltas. Lo que tenemos es lo que el Guardian de Londres llamó «un ensayo brillante» y lo que Time and Tide describió como «una fuente de nuevas ideas». Su ingenio y estilo hacen que sea una lectura compulsivamente agradable de principio a fin“.
¿Por qué muchos dirigentes que han arruinado a sus países se mantienen tanto tiempo en el poder? ¿Cómo puede ser que países ricos en recursos tengan a gran parte de la población en la pobreza? ¿Por qué las autocracias tienen unas políticas económicas tan funestas? ¿Por qué a las democracias se les da tan bien la guerra? Desde hace dos décadas, y tras examinar los éxitos y fracasos de autócratas, demócratas y jefes ejecutivos, los politólogos Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith han determinado que los líderes están dispuestos a hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder. Tampoco se han olvidado de realizar un análisis de las grandes empresas y de sus presidentes, del Tea Party o de las guerras recientes. Por simple que pueda parecer este punto de vista, revela la lógica de la política y explica casi todo lo que necesitamos saber acerca de cómo son dirigidos los países y las empresas.
¿Por qué se enriqueció Occidente? ¿Por qué nació el capitalismo en Europa? ¿Por qué la revolución industrial se produjo en Inglaterra y no en otros lugares? Son preguntas ya clásicas, sobre las que se han ejercitado pensadores de la talla de Karl Marx y Max Weber y, más recientemente, generaciones enteras de historiadores económicos. En 1971, Jean Baechler avanzó una tesis original, destinada a influir profundamente en los estudios posteriores: es principalmente por razones «políticas» por lo que el capitalismo nació en Europa. Sus raíces se encuentran en el pluralismo de la sociedad feudal: es decir, en el hecho de que una zona culturalmente homogénea no diera lugar a un imperio único, sino que, por el contrario, se convirtiera en un mosaico de diferentes unidades políticas empeñadas en limitarse mutuamente sus pretensiones. Fue, en consecuencia, una política de «baja intensidad» la que permitió el florecimiento del comercio, el desarrollo de los negocios, la experimentación científica y organizativa y, finalmente, ese «crecimiento económico moderno» que coincidió con una mejora de las condiciones de vida sin precedentes en la historia de la humanidad.